Rumi, el poeta danzante*

ImagePoesía es algo que se nos hace a nosotros, 

no sólo que se nos dice.

Terry Eagleton

 

 

 

 

 

 

Este lugar es un sueño,

Sólo quien duerme lo considera real.

Un hombre duerme en el pueblo donde siempre ha vivido

y sueña que vive en otro pueblo.

En su sueño no recuerda el lugar donde duerme ni su cama.

 Cree en la realidad del pueblo soñado.

-Rumi

 

Poesía como un modo de vida, un modo de ser. Poesía y danza como un modo de autoconocimiento, de práctica espiritual esencial a la búsqueda del Otro, del Uno, de Dios. Un modo ritual de júbilo y de profundidad meditativa. Qué lejanas pueden sonar esas motivaciones para un ciudadano de este mundo, este momento. ¿No es cierto que algunos se reirían o encontrarían ridículo exaltar el éxtasis de estar embriagado de Él? Sin embargo, nada más natural para Rumi, el gran maestro Jalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī, el antiguo poeta sufí que hizo escuela en el siglo XIII, dejó una enseñanza espiritual que sobrevive y una poesía que es posible que se mantenga intacta en algún punto y al mismo tiempo abierta, evasiva, llena de posibilidades de acercamiento, difícilmente de apropiación.

Rumi es un poeta esencial de la tradición sufí y de la poesía mística de Oriente y Occidente. Nació en Jorasán, tierras del Imperio Persa, en el año 1207, pero se estableció en Konya, Turquía. El sufismo es la tradición mística del islamismo; entre los siglos VII y XVIII se expandió por África, Medio Oriente, India, España, Europa del Este y otros lugares. A diferencia del islamismo, el sufismo se ha desarrollado fuera de la ortodoxia pues no es una religión sino una práctica, un camino, un modo de vida bajo las premisas generales y la fe del Islam. Aún existen órdenes sufíes en el mundo, pero por lo general han estado alejadas de la popularidad de que gozan los grupos religiosos comunes, y no podría saber hasta qué punto son fieles a las prácticas originales del sufismo. Los miembros de las órdenes sufíes antiguas se conocían como derviches, una especie de monjes errantes, vagabundos que vestían de lana y, más tarde, con Rumi y su orden Mevlevi, los derviches fueron conocidos por sus danzas a manera de meditación; eso era el samâ, un ritual que incluía música y danza emulando el movimiento de los planetas, una visión del macrocosmos reflejado en el microcosmos con la que buscaban el retorno a la fuente, la unión con Dios. He sabido que en Turquía hay espectáculos de derviches giróvagos para los turistas; seguramente han perdido algo del sentido auténtico del samâ.

Existe una distancia insalvable entre nosotros y la poesía mística de Oriente más conocida. Y el hecho de decir Oriente nos mete de antemano en grandes dilemas. Ya Edward Said en su libro Orientalismo se encargó de poner un poco de orden a ese vicio de poner en el mismo costal todo lo que vive en la otra mitad del mundo, ese prejuicio y salida común que reúne —sino es que confunde— a los chinos con los indios, árabes y muchos otros calificativos y gentilicios. Al decir “nosotros” me refiero a una noción general como lectores del siglo XXI, occidentales, habituados a delimitaciones conceptuales y al mismo tiempo sumergidos en el caos de la información global, además de orgullosamente asépticos en nuestras perspectivas intelectuales, la mayoría.

A menudo me visita un pensamiento: tener algunos libros de poetas como Omar Jayyam o Rumi en casa nunca será suficiente para conocer la real naturaleza de una poesía que, en tiempo y lugar, no tiene ninguna relación con mi circunstancia, aunado a la diferencia en las tradiciones que nos separa. Hay, sin embargo, una cualidad que traspasa los velos incontables que cubren esa poesía, que la hace mantenerse de algún modo distante, como una invitación permanente a lo desconocido. De la tradición islámica de los árabes que habitaron España por casi ocho siglos hasta nosotros, algunos vasos comunicantes deben seguir activos en distintos aspectos, no sólo en la indiscutible herencia que dejaron en el castellano y que alcanza nuestro español.

Los antiguos poetas persas han sido para mí de esos imanes que uno reconoce y con los que uno convive. Sin embargo, cada vez que indago un poco más, aparece siempre la misma turbiedad: cánones y líos suscitados por las traducciones y versiones desde el farsi o persa (lengua en que escribieron poetas como Rumi, Hafiz y Omar Jayyam), o bien, versiones indirectas desde el inglés o francés, cuantiosos versos apócrifos a su alrededor, la desaparición de muchos documentos originales, la oralidad de la que se desprendieron los versos hasta la pluma del escriba, la influencia e identificación de los temas y recursos típicos de la época, la lejana noción de autor en la tradición oral de las culturas antiguas, leyendas y mitos alrededor de la vida de los poetas, su orientación filosófica y religiosa, pugnas de los académicos orientalistas modernos; en fin: un mundo aparte. Por eso, he optado por disfrutar la aventura que significa conocer una nueva edición, traducción o versión de esta poesía, con la consigna de que he de encontrar algún eco que permanezca resonando a pesar de las manos y las lenguas por donde haya pasado.

Múltiples son los roles que la poesía ha jugado a través de los tiempos y lugares, pero su naturaleza musical, de canto, es inherente a ella y, más que un rol, se trata de un aspecto inseparable al de su sentido. Nada puedo saber del sonido de los versos de Rumi en farsi, pero puedo rescatar la belleza de las imágenes con las que engarza una plegaria (y una plegaria, como una oración, ha de tener al menos un ritmo), una alabanza, una confesión, un asombro, fruto de los reveses que sufre la razón ante la embestida de la visión mística:

 

He vivido en los bordes de la locura,

queriendo saber las razones,

llamando a la puerta. Se abre.

Estuve tocando desde adentro.

 

En la poesía mística, Dios y el Bienamado encarnan la posibilidad de la imagen, la contemplación de esa imagen como vía de acceso a lo divino. “Imagen” viene del latín imago, que significa sombra, aparición de un muerto, fantasma, eco. Entonces el lenguaje se nos presenta como remanente de la experiencia espiritual[1] a partir de la cual los poetas evocan pasajes que por lo regular rozan con la irracionalidad, refieren a una sacudida de los sentidos y renovación de los conceptos, a una inversión de valores, una reconciliación de contrarios, a plenitudes que se asemejan al vacío, vacíos que se convierten en espacios llenos de sentido. El cuerpo y la voz que sale del cuerpo se convierten en instrumentos que son tocados para que hable esa presencia que —se nos dice— ha revelado una verdad cercana a lo inefable. De ahí que la poesía, la música, la danza se ofrezcan como medios y fines en sí mismos, espacios pluridimensionales y abiertos donde bien caben esta experiencia arrobadora y todos sus sinsentidos.

 

No quiero saber nada de este mundo ni del otro

mas no les doy la espalda

 

Incontables maravillas

llenan mi propio corazón

Al contemplar esa visión,

¿qué locura me impide

volverme completamente loco?[2]

 

Hablaba, al principio de este texto, de la distancia que nos separa de las motivaciones de esta poesía, más allá de los problemas de su traductibilidad hasta nosotros. Sin embargo, Rumi parece ser de esos poetas que se cuelan en el tiempo y despiertan interés incluso fuera de las latitudes donde es bien conocido por su herencia como maestro espiritual —en la actual Turquía y otros países de Medio Oriente. Me parece que la actualización que hacemos de la poesía de Rumi, como de otros poetas místicos, es posible gracias no a su sentido de lo divino en tanto que una cuestión de fe o creencia, sino a la delicadeza y sencillez con que se muestra lo humano postrado ante una presencia que lo rebasa. Ese rebasamiento —parecen decirnos— proviene de una fuerza que descoloca, conduce a los intersticios, tránsitos entre la plena lucidez y la locura, la visión y la invisibilidad, el misterio y la revelación, sitios para los que se requiere un lenguaje especial que los inaugure, un nuevo modo de nombrar lo inédito.

 

El deseo encontrará un intersticio

Mantente vacío

en el intersticio donde el no lugar

se embriaga con el Lugar.


*Texto publicado en Red Door Magazine.

[1] El filósofo Martin Buber señala en Yo y tú que no se trata tanto de una “experiencia” que suceda cuando se está en estado receptivo, sino más bien de “algo” que “ocurre al hombre”, es decir, un hecho.

[2] Excepto estos versos, que tomé de la versión de Alfonso Colodrón, Rumi, en brazos del amado, publicado por Edaf, el resto de los fragmentos citados han sido tomados de la versión de Elisa Ramírez Castañeda, La sed de los peces (Conaculta), ambas antologías de poesía de Rumi.

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